Una mañana del pasado noviembre visité Lviv, Ucrania.
Ubicada en la parte occidental del país, en Lviv no son tan frecuentes las alarmas de misiles y drones que son disparados desde Rusia. En Nicolaiev, la primera ciudad que visité en Ucrania, cinco días antes de viajar a Lviv, las alertas sí me generaban temor, pero prefería pensar en Borges, cuando dijo que el azar suele ser generoso, simplemente hay que dejarlo actuar. Lo mismo en Kiev, aunque el mayor impacto visual en la capital fue la enorme cantidad de fotografías de soldados ucranianos fallecidos sobre el terreno de batalla colocadas a un costado de la plaza Maidán.
Lviv me esperaba con una sorpresa: la visita a Superhuman, un centro de adaptación para soldados ucranianos que han sufrido lesiones graves en la guerra contra Rusia, pero por fortuna, salvaron la vida.
El espacio es reconfortante. En una sala de estar, tres personas se encuentran atentas a un juego de ajedrez; una más lee en silencio. Se escucha música relajante de fondo. Al recorrer los pasillos me encuentro a un niño de 12 años jugando en una alberca. Su padre está junto a él. El niño perdió un brazo durante un ataque de los rusos. Su madre lo protegió, pero perdió la vida. Salvó a su hijo.
De nada sirve llevar en el interior de la cabeza un conjunto de análisis geopolíticos para determinar qué motiva a Putin invadir a Ucrania. No, frente a un niño de 12 años herido por una bomba, no quedan palabras. Quedan solo emociones. Extraviadas porque una guerra no tiene sentido.
En otro de los espacios de Superhuman observé a un pequeño de tres o cuatro años llorando al ver a un familiar sin una pierna. Recordé Bucha, muy cerca de Kiev. La visité unos días antes. Los soldados rusos asesinaron a más de 500 civiles en el mes de marzo de 2022. Durante 30 días los rusos tomaron el suburbio. Su intención era llegar a Kiev. Y recordé a Bucha porque muchos niños lloraban al ver a sus padres tirados sobre el suelo con disparos en la cabeza.
Uno no es el mismo después de haber visitado Ucrania, pero sobre todo, después de haber visitado Superhuman crece el aprecio por la vida.
Es paradójico, el presidente ruso pensó que en cuatro días tendría el control de Ucrania. Cuatro días, pero cuatro años después la guerra continúa.
La Unión Europea y la OTAN se han fortalecido, la primera en su basamento político, y la segunda, a través del incremento de gasto en defensa entre sus agremiados.
Pero en algo ha ganado Rusia, y es en la colaboración de Donald Trump con el presidente Putin. Ya no es el vilipendiado Joe Biden el defensor de Ucrania; ahora es Trump el crítico de Zelenski.

