Desde la lógica actual de Washington, la respuesta puede ser otra. No necesito un tratado. Negocien ustedes directamente.Desde la lógica actual de Washington, la respuesta puede ser otra. No necesito un tratado. Negocien ustedes directamente.

México, fuera de la mesa (3). La diplomacia empresarial

2026/02/16 20:34
Lectura de 4 min

En las dos columnas anteriores expliqué cómo el cambio de contexto en Estados Unidos está alterando de fondo su política comercial y estratégica. Sostuve que Washington ya no concibe el comercio como un ejercicio de eficiencia económica, sino como una herramienta de control, seguridad y reducción de vulnerabilidades. En ese marco analicé dos escenarios: una mayor integración con Canadá a través de un posible mercado común y un segundo, una relación más unilateral con México, basada en decisiones administrativas y presión empresarial, no necesariamente en tratados. Este tercer escenario va más lejos.

Durante siglos, los conflictos entre países se resolvían básicamente de dos maneras: con diplomacia o con guerras. En ambos casos, los protagonistas eran los Estados. Los gobiernos hablaban con gobiernos. Firmaban tratados. Se presionaban o se enfrentaban.

Ese mundo ya cambió, aunque muchos sigan actuando como si los contextos fueran estáticos. Hoy, el poder no está concentrado únicamente en los Estados. Está fragmentado, distribuido y, en muchos casos, privatizado. La diplomacia clásica no ha desaparecido, pero ya no es el único canal. El nuevo idioma del poder habla por fuera de las cancillerías. Durante décadas, el comercio internacional se organizó mediante tratados negociados entre gobiernos. TLCAN, T-MEC, acuerdos multilaterales. Los Estados ponían las reglas y las empresas operaban dentro de ellas. Cuando algo fallaba, las empresas acudían a sus gobiernos para que presionara al otro.

El T-MEC lo ilustra bien. Cuando el gobierno de López Obrador cambió reglas en el sector energético y violó compromisos firmados, las empresas afectadas no negociaron directamente con México. Fueron con Washington y Ottawa. Presión entre Estados. Manual clásico. Ese manual empieza a quedar obsoleto frente a una nueva realidad: hay empresas o un conjunto de ellas, grandes, estratégicas e indispensables, que ya no necesitan que su gobierno negocie por ellas. Pueden hacerlo directamente. Aquí entra una idea incómoda para muchos. La diplomacia empresarial directa.

Pensemos en lo que hoy ocurre en el sector automotriz de los Estados Unidos. Las armadoras han pedido a Donald Trump que no cancele el T-MEC porque necesitan la mano de obra mexicana y los componentes producidos en México para seguir siendo competitivas. Pero desde la lógica actual de Washington, la respuesta puede ser otra. No necesito un tratado. Negocien ustedes directamente.

El tratado deja de ser el centro del sistema. La negociación ya no es solo gobierno-gobierno, sino también empresa-empresa. El Estado se convierte en validador final, no en arquitecto del acuerdo. No hay capítulos, ni paneles, ni retórica diplomática. Hay resultados. Para Trump y una parte creciente del poder en EU los tratados no son instrumentos sagrados, sino herramientas prescindibles. Por eso Trump no tiene prisa por firmar con México. Puede seguir pidiendo y elevando condiciones sin costo para Estados Unidos, mientras México absorbe la incertidumbre.

Un ejemplo de negociaciones directas lo confirma. Starlink está llevando conectividad a comunidades remotas de la Amazonía, como la tribu Marubo en Brasil. Internet, educación a distancia y comunicación de emergencia llegan directamente desde el espacio. El Estado apenas autoriza.

No se requiere un tratado entre los Estados Unidos con Brasil para que ese servicio exista. La negociación se dio directamente entre Elon Musk y Brasil. Washington solo entraría si hubiera un conflicto político mayor o si decidiera que no quiere que la empresa opere con ese país. Si el gobierno que negoció con la empresa cambia las reglas, como lo hizo López Obrador con los acuerdos firmados, Elon Musk no irá corriendo a pedirle a Trump que interceda. Solamente apretará un botón y desconectará el servicio.

Eso es diplomacia empresarial en estado puro.

Cuando una empresa controla infraestructura crítica como por ejemplo conectividad, datos, energía, deja de ser solo una empresa. Se convierte en un actor geopolítico. Y cuando eso ocurre, los tratados pasan a segundo plano.

Para México, este escenario es especialmente delicado. En un mundo donde las decisiones ya no se toman en mesas formales, sino en acuerdos empresariales validados unilateralmente por Washington, el peso no lo da el tratado, sino la confiabilidad. México llega debilitado: incertidumbre regulatoria, inseguridad, fragilidad institucional y una crisis energética que ya es estratégica.

Hoy el poder no se negocia solo en cancillerías, se transa en mesas de interés real. Mientras Estados Unidos usa operadores con lógica empresarial, México sigue enviando burócratas. Eso es estar fuera de la mesa.

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