Hay que erradicar la inflaciónHay que erradicar la inflación

Para consolidar el cambio hay que erradicar la inflación

2026/01/19 11:00

Para agosto de este año, la inflación va a empezar con 0” insiste en remarcar el Presidente. La inflación ha dejado de ser un tema de preocupación primaria para los argentinos según distintas encuestas de opinión, pero el casi 31,5% del registro anual de 2025 todavía es un índice alto en términos comparados, e inaceptable en la lógica del proceso de descubrimiento y coordinación espontánea del mercado según el planteo de la escuela austríaca. Las señales de precios, distorsionadas por la inflación -que afecta de manera desigual a los distintos mercados- desorientan el proceso decisorio que activa la “función empresarial” generando una asignación ineficiente de los recursos que exacerba los ciclos y precipita crisis económicas. La cronicidad inflacionaria no sólo redistribuye mal y destruye riqueza, también reconfigura las instituciones.

“La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario” señalaba el referente del monetarismo Milton Friedman. La proposición, aunque discutida por otros enfoques económicos, ofrece la ventaja de ser didáctica para explicar los desequilibrios monetarios y sus efectos desencadenantes del fenómeno inflacionario. Según la definición, habrá inflación siempre que la oferta de dinero aumente más que la demanda de dinero, o que la demanda de dinero disminuya generando un exceso de oferta de dinero. Cuando la oferta de dinero aumenta y la demanda de dinero cae a la vez, la inflación se espiraliza. El compromiso del Gobierno con el equilibrio fiscal sostenido a rajatabla para bajar la inflación está asociado a la correlación causal que se asume entre el crecimiento de la oferta monetaria y los desequilibrios crónicos de las cuentas fiscales argentinas (dominancia fiscal). Los déficits de nuestras cuentas públicas se han financiado en gran parte con emisión monetaria (más oferta). Como consecuencia, subieron los precios y el dinero perdió poder adquisitivo. Peor, cuando la emisión creció y las expectativas se anticiparon al recurrente desborde monetario para financiar el déficit público, empezó la huida de la moneda (aumenta la velocidad de circulación de los pesos en la economía) y cayó la demanda de dinero que como agentes económicos queremos tener en nuestros bolsillos o en las cuentas no remuneradas en los bancos. Más oferta monetaria, menos demanda de moneda líquida, mayores índices de inflación. En cambio, cuando una economía crece con cuentas públicas en orden y acceso al crédito, la oferta monetaria aumenta para satisfacer una mayor demanda monetaria asociada a su vez a una mayor cantidad producida y demandada de bienes y servicios, con precios estables. En este caso, si no aumentara la oferta monetaria, y hubiese un aumento del producto por ganancias de productividad, los precios relativos de la economía deberían bajar: una deflación deseable para el enfoque monetario de la escuela austríaca.

Los desequilibrios monetarios con su impacto inflacionario signan nuestra historia económica y son clave para entender el debate abierto en torno a la necesidad de acumular reservas y el imperativo de seguir bajando la inflación. El Gobierno sostiene que emitir pesos para comprar dólares aumenta la oferta de dinero, lo que sin contrapartida en un aumento de la demanda de dinero puede repercutir en un alza de la inflación. Muchos referentes de la profesión económica señalan que es un costo que hay que asumir (incluso aceptando un poco más de inflación) para ganar tranquilidad cambiaria, y que, en todo caso, se puede absorber parte de la emisión monetaria (esterilizar) colocando pasivos remunerados del Banco Central (nuevas Lebacs, o Leliqs). El Gobierno se resiste a ceder en la lucha antiinflacionaria y tampoco quiere volver a acumular déficit cuasi fiscal (del Banco Central). Sin embargo, hay una salida que permite conciliar posiciones. Los bajos índices de monetización de la economía argentina y el nuevo empuje de reactivación y crecimiento del producto que auguran las proyecciones oficiales asumen un aumento de la demanda de dinero, que, combinada con una reducción de la velocidad de circulación de la moneda (corremos menos para deshacernos de los pesos), permitirá aumentar la oferta de pesos, con lo que se puede acumular reservas sin resignar el objetivo de bajar la inflación. En noviembre del 23 la base monetaria (pesos en circulación más reservas fraccionarias -encajes- que los bancos comerciales tienen depositadas en el Banco Central) era de sólo 3 puntos porcentuales del producto, mientras los pasivos remunerados (déficit cuasi fiscal) sumaban 10 puntos del producto. La base monetaria ampliada que daba la suma era de 13 puntos del producto. En noviembre del año pasado la base monetaria era del 4,6% del PBI y los pasivos remunerados se redujeron al 1% del producto. Si el mayor crecimiento económico determina el uso de esos pasivos remunerados y su conversión a pesos, crecerá la demanda monetaria como se augura, y el Banco Central podrá expandir la base monetaria para acumular reservas. Según la expansión de la base se calcula que este año se podrán acumular reservas por hasta 17.000 millones de dólares. Pero no olvidar que la base monetaria (que vía multiplicador del dinero bancario fija la oferta de dinero) en períodos de estabilidad macroeconómica llegó a ser del 8/10% del producto, niveles similares a los de Chile o Brasil. Si la demanda de dinero permite que la base monetaria vuelva a registros de períodos estables, antes de lo esperado la acumulación de reservas puede superar las previsiones más optimistas: ¿70.000 millones de dólares? Y eso simultáneamente con un índice de inflación anual convergiendo a un dígito. A los dólares que acumule el Banco Central se podrán añadir dólares que compra el Tesoro con pesos de superávit, por ahora para afrontar servicios de la deuda, pero, recuperado el crédito, para un posible fondo que cotice en el exterior, refuerce la liquidez y evite una apreciación cambiaria desfasada de los aumentos de productividad.

En la larga historia inflacionaria de la Argentina convivieron argumentos keynesianos y monetarios, que trataron el fenómeno como un problema macroeconómico. Desde la mirada keynesiana, la inflación es ante todo un fenómeno asociado a la demanda y a los costos. Aparece cuando la economía crece por encima de su capacidad productiva o cuando shocks externos retraen la oferta y presionan sobre los precios. En ese marco, una inflación moderada no sería necesariamente un problema grave si permite sostener el empleo y evitar recesiones profundas. Más: con inflaciones acotadas, hasta se puede trabajar una relación inversa transaccional entre inflación y desempleo: un poco más de inflación para reducir el desempleo (curva de Phyllips). La visión monetarista, en cambio, es menos tolerante. Cuando el Estado gasta sistemáticamente más de lo que recauda y financia ese déficit con emisión, los precios terminan disparándose y la economía se frena (estanflación). No hay inflación “buena”. Incluso niveles moderados erosionan la moneda, distorsionan los precios relativos y castigan a los sectores de ingresos fijos. Lo dramático de la Argentina es que, alternando diagnósticos keynesianos y monetaristas, nunca respetamos las terapias sugeridas para enfrentar el flagelo. Reincidimos en déficit crónicos que violentaron las recomendaciones de políticas contracíclicas (ahorrar en “vacas gordas” para sostener la actividad en “vacas flacas”) del consejo keynesiano; y menospreciamos el valor central de las políticas de estabilidad: disciplina fiscal, monetaria, Banco Central independiente y reglas claras que anclen expectativas inflacionarias, propias del consejo monetarista. La inflación se institucionalizó en la Argentina como un impuesto sobre los pasivos monetarios que grava más a los que menos tienen, y degeneró en un modelo productivo de pobrismo distributivo y capitalismo de amigos.

Steven Horwitz, economista americano que explica la teoría monetaria de la escuela austríaca, en su libro Microfoundations and Macroeconomics, analiza la inflación como una enfermedad terminal de un sistema económico. “Aunque se trata como un fenómeno macroeconómico, sus efectos más perniciosos son los microeconómicos”. Al viciar las señales de precios, la inflación sesga las decisiones inherentes a la función empresarial, y como el aumento de los precios no es uniforme en los distintos mercados, las malas decisiones de inversión aceleran los ciclos económicos de expansión y crisis. La inflación contamina y corrompe toda la institucionalidad económica y social, y reorienta el comportamiento político a una institucionalidad productiva extractivista, sin competencia, con nichos productivos y lejos del proceso de coordinación que se basa en precios confiables. El estado se vuelve un asignador de rentas y hay un desacople social entre las preferencias temporales de consumo y ahorro que drenan oportunidades de inversión y de consiguiente aumento de la productividad. Colofón: hay que erradicar la inflación para transformar la economía.

Doctor en economía y en derecho

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