En su admirable documental, Lucrecia Martel no intenta confortar la buena conciencia del público con facilidades. Su perspectiva de la comunidad indígena ChuschEn su admirable documental, Lucrecia Martel no intenta confortar la buena conciencia del público con facilidades. Su perspectiva de la comunidad indígena Chusch

¿A quiénes pertenece “Nuestra tierra”?

2026/03/15 11:02
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La gente estalla en risas en un momento de la proyección del film Nuestra tierra, cuando Carlos Páez de la Torre (1940-2020) –periodista, historiador, premio Kónex– pregunta entre canchero y divertido: “¿Yo escribí eso?”. Se está refiriendo a un dato que plantó hace décadas en La Gaceta de Tucumán y que fuera citado en contra de la comunidad indígena Chuschagasta en el juicio posterior al homicidio de Javier Chocobar. En esa nota, afirmaba que dicho agrupamiento diaguita había desaparecido en 1807. Y en la pantalla, Páez sigue chichoneando: “Bueno… Hay que publicar algo todos los días”.

Lógicamente, esa risa del público no excluye un regusto de indignación. Un verdadero hallazgo haberle hecho esa consulta al historiador, obviamente en el transcurrir de los 15 años de preparación y maduración de este documental: con ese logro humorístico (negro) se pone en evidencia con contundente síntesis la ligereza y simplificación con que se ha abordado la historia, la cultura y los derechos de los pueblos originarios. Generando así desde la educación escolar, desde la literatura y los medios una mentalidad de subestimación, cuando no de abierto racismo hacia los indígenas, pobladores ancestrales de las Américas antes de la Conquista avasalladora del llamado –desde el punto de mira eurocéntrico– Nuevo Mundo.

Localmente, claro que hay excepciones a este menosprecio. Entre las cuales, como muestra, la fascinante novela de Sara Gallardo Eisejuaz (1971, felizmente reeditada el año pasado por el sello Fiordo), donde un mataco (wichi) toma la palabra propia del colonizador y la retuerce y la desordena para contar en una lengua paralela su desgracia, tan parecida a la de la mayoría de los indígenas locales expoliados, despojados, marginados. Otro ejemplo en las artes de una mirada afectuosa y comprensiva: las hermosas fotos tomadas por Grete Stern entre 1958 y 1964 a integrantes de comunidades autóctonas del Gran Chaco. Propiamente la contracara de las hechas por europeos en el siglo XIX, comienzos del XX.

Onas exhibidos en París, 1889. Llevados por Maurice Maître

Hace rato que la salteña Martel es consciente de esta incalificable desconsideración hacia los descendientes de pueblos originarios a los que, de distintas maneras, ha valorizado con enfoque humanista y genuinamente democrático, volviendo patente su exclusión, su inferiorización. Pero fue particularmente en Zama (2018), personal adaptación de la gran novela de Antonio di Benedetto (de 1956, antecediendo a Eisejuaz), que sucede en el siglo XVIII, en plena descomposición (pero no eliminación) del sistema colonialista, donde esta artista trae a primer plano la presencia indígena. Lo hace desde el comienzo del film, con esas indias de alegre recreo, solo embadurnadas de arcilla, más adelante los jinetes ciegos guiados por sus hijos, indios pintados de rojo; e incluso negras y negros arrancados de África (muchos de sus descendientes serán enviados a luchar en la Guerra de la Triple Alianza, un siglo después). En el film Zama, un personaje que critíca el sistema de encomiendas creado para convertirlos a la fe católica y explotar el trabajo de los indios, con derecho a castigarlos severamente. Así fue que integrantes de los pueblos originarios llegaron a participar en la construcción de iglesias, en una de las cuales, que aparece en Nuestra tierra, se puede ver un fresco –pintado mucho más tarde– donde un par de santos echa rayos a indios incendiarios.

Toda la tristeza del mundo, Indígenas de México, 1865. Foto de Alfred Laurent. Archivo de la Société d'Anthropologique, París

Durante la investigación para la realización de este documental actualmente en cartel, LM, además de encarar el muy laborioso rodaje de Zama, dirigió en pandemia el mediometraje Terminal Norte donde, entre otras músicas y cantoras, se hace notar Lorena Carpanchay, primera bagualera trans de los Valles Calchaquíes a quien la anfitriona Mariana Carrizo, grandiosa coplera (cuya voz se escucha en off en Nuestra tierra), llama “mi trava diaguita”.

De dónde son los colonialistas

Parafraseando un dicho que se adjudica a varios buenos actores del siglo pasado –la tragedia es fácil, lo difícil es la comedia– se podría decir algo parecido de la colonización y la descolonización. Salvando, por supuesto, los costos en vidas humanas, destrucción de culturas y enorme sufrimiento que siempre han sido consecuencia de las invasiones violentas en territorios ajenos desde hace milenios. Tanto tiempo, sí, porque la palabra colonia viene del latín (siglos V-VII AC). “Grupo de gente de un país que se establece en otro para aprovechar sus recursos naturales. Ejemplo, las colonias fenicias en el Mediterráneo”, anota María Moliner en su famoso Diccionario del uso del español

Se podría añadir que esa forma de apropiación y dominación, más allá de que se hayan liberado gran número de colonias entre el XX y el XXI, permanece hasta nuestros días, por ejemplo, en la iniciación o la continuidad de ciertas guerras. Asimismo, aunque menos evidente porque se suele disimular, perdura en los resabios de un pensamiento o unas conductas con vestigios ultraconsevadores, de espíritu supremacista.

¿Durante cuánto tiempo, siempre dejando de lado por completo a los pueblos originarios, se llamó Madre Patria a España en la escuela, el habla cotidiana, no solo en la Argentina? Pasando por alto los diversos mecanismos de genocidio de los habitantes naturales de estas tierras, ya mediante la fuerza de las armas, ya por la exposición al contagio de enfermedades que no conocían, ya por desplazamientos impuestos a través del citado sistema de encomiendas. Que, dicho sea con toda intención, fue establecido en 1503 por un clérigo que había leído mal, muy mal las palabras de Jesucristo sobre el amor al prójimo: Fray Nicolas de Ovando. También hay que reconocer que fue otro clérigo, Fray Bartolomé de las Casas, dominico que llegó a ser encomendero en el siglo XVI, quien, cuando conoció cómo funcionaba realmente esa invención hipócrita, repudió la práctica y abogó firmemente en favor del derecho de los indios, a quienes consideraba plenamente humanos.

Brevísima relación de la destrucción de Las Indias, 1552, por Fray Bartolomé de las Casas

Este dominico tan erudito como honesto y compasivo, escribió una serie de crónicas destinadas a la Corona sobre las atrocidades cometidas contra los indígenas de las Américas en la primera época colonial. La más conocida: Brevísima relación de la destrucción de las Indias (escrita en 1542, publicada en 1552). Aunque también se encargó de defender a los esclavos de origen africanos, el título que le quedó fue el de Protector de los Indios.

En buena medida, el menosprecio de las etnias autóctonas se puede atribuir a la opinión instalada en las clases altas terratenientes (que como dice un integrante de la comunidad en Nuestra…, “empezaron a llamarnos los gauchos, la peonada”). Y sin entrar ahora en el tema del trato que recibían las mujeres indígenas como mucamas con cama adentro, las “chinitas” en esa clase social.

Bastante más que un oportuno documental

Según la agencia Tierra Viva, el año pasado la Unión de Pueblos de la Nación Diaguita afrontó otra oleada de desalojos, de persecusiones judiciales y otras violencias en su territorio. El hostigamiento del que fueron objeto los integrantes de la comunidad Chuschagasta para quitarles su territorio de siglos persiste, así como no prospera el reconocimiento de las etnias autóctonas, sus tradiciones y lenguas. El caso del asesinato de Javier Chocobar y las heridas graves infligidas a Andrés Mamani y a su primo Andrés por parte del productor agrícola Darío Amín y sus dos esbirros para adueñarse de la cantera de piedra laja en el territorio de la comunidad, no es un hecho aislado en el norte de la Argentina. La muy extendida duración de ese proceso judicial (Amín, condenado a 22 años por homicidio agravado, murió de covid en la pandemia, sus laderos ya están en libertad) es una prueba más del ninguneo de la Justicia. Tucumana, esta vez.

Un juicio muy postergado, un careo desigual

Como se sabe, porque merecidamente Nuestra tierra ha tenido mucha difusión en los medios, reseñas elogiosas y, por su lado, Martel se ha prestado con excelente onda a numerosas entrevistas, este documental ofrece escenas de la reconstrucción del crimen con los comuneros observando; las imágenes del celular del matador cuando rodó por el suelo (el tipo estaba grabando para obtener pruebas de la reacción de los chuscha cuando los provocara) consiguen por puro azar objetivo un efecto aterrador. Las escenas del juicio donde, sin subrayados, se impone la mala fe, la violencia apenas contenida, el aire de superioridad de los acusados, de abogados y abogadas, de los magistrados. Y sin intentar impacto maniqueo, frente a ellos conmueve la seriedad, la dignidad, la entereza de los comuneros que fueron heridos, de los que acompañan en la sala.

"Nuestra Tierra", de Lucrecia Martel

Además de la breve y rotunda entrevista a Carlos Páez, hay una pocas y concisas respuestas de otras personas que en ningún momento se convierten en las típicas cabezas parlantes de docs del cine o la tevé. En sus medidas y calmas participaciones, Hortensia Mamani, viuda de Javier Chocobar expone antiguas fotos familiares, las identifica, hace sus comentarios. Resulta evidente que Martel y su equipo se han ganado su confianza, al igual que la de otros comuneros (aunque a otra señora la tuvieron que esperar 10 años para que prestara sus fotos).

Lucrecia Martel: “Una persona pobre que quiere defenderse es inadmisible”

Territorio chuschagasta a vuelo de dron

La directora –casi se podría decir: humildemente– se mantiene en el plano del documental sin fiorituras, consiguiendo el efecto buscado: esto que estamos viendo es la vida real en una parte de nuestra tierra, en una provincia poco registrada por las cámaras, por los noticieros, salvo en alguna fecha patria. LM sabe que acá no es cuestión de planos complejos, de belleza pictórica. Acude al comienzo a la ya célebre imagen satelital de la tierra tomada por la NASA, para recalar en el verdor tucumano, en una cancha donde chicas juegan al fútbol; también transige con el uso práctico de drones. Pero en algunos momentos le salta la india salteña poeta y filma algunos animales como solo ella sabe hacerlo (ver si no la llama-personaje en un interior en Zama, en perfecta actuación). Y va al rescate de gallinas en una cocina, se detiene cerca de unas cabras, vuela con las aves y acepta que un cóndor le tire un dron. Y hay que ver cómo mira a ese caballo en medio de un campo, inmóvil unos buenos segundos. Al ratito, cuando el animal lo dispone, se va a trotecito, sale de escena por la izquierda. Sin simbolismos, eh.

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