Múrmansk, ubicada en el extremo noroeste de Rusia, es la ciudad más grande dentro del círculo polar ártico y una de las urbes habitadas más septentrionales del planeta. Con cerca de 270.000 habitantes, este enclave desafía no solo las bajas temperaturas y la oscuridad polar, sino también los límites de la vida urbana en condiciones extremas.
La historia de Múrmansk comienza en 1916, cuando el Imperio ruso fundó la ciudad bajo el nombre de Románov-en-Murman, con el objetivo de establecer un puerto libre de hielo durante la Primera Guerra Mundial. La ubicación, a orillas del mar de Barents y cerca de las fronteras con Noruega y Finlandia, respondía a la necesidad de mantener rutas de suministro abiertas incluso en invierno, cuando otros puertos quedaban congelados.
El zar Nicolás II impulsó su creación para garantizar la presencia rusa en el Ártico y asegurar el abastecimiento militar ante el conflicto internacional.
Con la Revolución de Octubre de 1917, la ciudad adoptó su nombre actual, Múrmansk, y pronto se consolidó como un enclave esencial. Su puerto, activo todo el año gracias a la corriente cálida del Atlántico Norte, fue clave tanto para la economía como para la defensa. Durante la Segunda Guerra Mundial, Múrmansk cobró una importancia vital: por su puerto llegaban suministros aliados para la Unión Soviética, en rutas peligrosas amenazadas por submarinos enemigos.
La ciudad fue duramente bombardeada por el ejército nazi, lo que obligó a una reconstrucción casi total tras la guerra. Según informó RT, en reconocimiento a su resistencia, en 1985 recibió la distinción de “Ciudad Héroe” de la Unión Soviética.
En los años de la Guerra Fría, el puerto se utilizó para albergar submarinos atómicos y mantiene hasta hoy una de las flotas de rompehielos nucleares más importantes del mundo.
Vivir en Múrmansk implica adaptarse a un clima extremo, donde el invierno puede registrar temperaturas de hasta -30 ℃ y el verano se extiende bajo el fenómeno del sol de medianoche. Entre el 2 de diciembre y el 11 de enero, el sol desaparece completamente durante 40 días, fenómeno conocido como “noche polar”.
A lo largo de este periodo, de acuerdo con Visit Murmansk, la oscuridad es casi total y apenas hay unas pocas horas de penumbra al mediodía. El amanecer se produce cerca de las 11 de la mañana y el atardecer apenas cuatro horas después, sobre la 1 de la tarde.
Esta combinación de frío intenso y oscuridad convierte a Múrmansk en un lugar único, donde la vida diaria se organiza en torno a la luz artificial y el ritmo de la naturaleza ártica. En contraste, el verano ofrece jornadas ininterrumpidas de luz solar, una experiencia que atrae a viajeros en busca de paisajes espectaculares y fenómenos naturales inusuales.
A pesar de estas condiciones, la ciudad se mantiene dinámica y funcional. Su puerto opera durante todo el año, y la población ha desarrollado estrategias para sobrellevar la oscuridad y el frío.
Las auroras boreales iluminan el cielo invernal y se convierten en uno de los principales atractivos turísticos, grabando una imagen inolvidable en quienes se aventuran hasta estas latitudes.
La vida en Múrmansk gira en torno al puerto y las industrias vinculadas al transporte marítimo, la pesca y la minería. La ciudad está conectada con Moscú y San Petersburgo mediante vuelos regulares y trenes, aunque el viaje es largo y supone atravesar vastas extensiones de tundra y paisajes inhóspitos.
El turismo, aunque no es la principal fuente de ingresos, ofrece experiencias inigualables. Entre las principales atracciones se encuentran el rompehielos Lenin, el primer buque nuclear del mundo, convertido en museo flotante, y la imponente estatua de Alyosha, un monumento de 11 metros dedicado a los soldados soviéticos que defendieron la ciudad durante la guerra.
Otra curiosidad es el Pozo de Kola, el agujero artificial más profundo jamás creado por el ser humano, con casi 13 kilómetros de perforación en la corteza terrestre.
Los visitantes pueden participar en excursiones para observar auroras boreales, realizar paseos en trineo tirado por perros y conocer la cultura saami, el pueblo indígena del Ártico, que mantiene vivas sus tradiciones en pequeñas aldeas de la región. “Múrmansk es un lugar donde la oscuridad del invierno convive con la luz de la vida cotidiana”, señaló un guía local en diálogo con La Razón.
Sin radares ni comunicación por radio, el aislamiento de la ciudad durante la noche polar refuerza el carácter resiliente de sus habitantes. Pese a los desafíos, Múrmansk se destaca como un ejemplo de adaptación humana en las condiciones más extremas del planeta.


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