La economía de Estados Unidos llega a 2026 con un diagnóstico que combina dinamismo tecnológico y ruido político. En un análisis publicado por Project SyndicateLa economía de Estados Unidos llega a 2026 con un diagnóstico que combina dinamismo tecnológico y ruido político. En un análisis publicado por Project Syndicate

Roubini proyecta un 2026 de “crecimiento por debajo de tendencia” y baja gradual de la inflación para USA

2026/02/16 14:21
Lectura de 6 min

La economía de Estados Unidos llega a 2026 con un diagnóstico que combina dinamismo tecnológico y ruido político. En un análisis publicado por Project Syndicate, Nouriel Roubini sostiene que el año podría transitar por tres trayectorias plausibles, con un caso base que —según su lectura— resulta “el más probable” y, a la vez, el más benigno: algunos meses de crecimiento por debajo de la tendencia (“growth recession”) seguidos por una recuperación y una desinflación gradual hacia el objetivo de 2% de la Reserva Federal. 

El punto de partida no es neutro. Roubini enmarca 2025 como un año irregular: auge de inversión ligada a la inteligencia artificial, freno en el segundo semestre por incertidumbre generada por aranceles y otras decisiones de la Casa Blanca, y señales distorsionadas por la disrupción de estadísticas oficiales durante el cierre de gobierno más largo. En ese contexto, su ejercicio no pretende adivinar un número, sino ordenar probabilidades. 

Para una lectura empresaria, el valor del texto reside menos en el titular (“optimismo cauteloso”) que en las condiciones que Roubini considera necesarias para que el escenario base se materialice: política monetaria más laxa, estímulo fiscal aún “en el tubo”, balances privados sólidos y condiciones financieras que acompañen, en particular si el ciclo de inversión en IA no se interrumpe. 

Tres escenarios y una hipótesis dominante

Roubini enumera tres caminos. El primero —caso base— describe un bache de actividad de pocos meses, sin recesión clásica, seguido de recuperación y baja gradual de la inflación hacia 2%. Lo define como una suerte de escenario “Goldilocks” (ni demasiado frío ni demasiado caliente), con un aterrizaje razonable para crecimiento y precios. 

El segundo es una recesión “poco profunda” durante algunos trimestres, con regreso a la expansión más lento que en el caso base. Aquí, el mecanismo central es la transmisión rezagada de la política comercial: el impacto de aranceles podría emerger con demora, presionar precios, erosionar salarios reales y debilitar la confianza del consumidor. 

El tercero es un escenario de “no aterrizaje”: crecimiento sostenido, pero con inflación que no converge al objetivo. En esa variante, la inflación subyacente (sin alimentos ni energía) se mantendría más cerca de 3%, y el comité de política monetaria tendría menos margen para recortar tasas. 

La elección del caso base como hipótesis dominante se apoya en una premisa política-económica: la “disciplina de mercado”, el rol de asesores y la independencia de la Fed habrían obligado a moderar anuncios de aranceles elevados y a reemplazarlos por marcos de negociación con aumentos más acotados, a menudo ligados a compromisos de inversión en Estados Unidos. En su lectura, ese giro habría enfriado algo el crecimiento sin disparar una aceleración fuerte de la inflación. 

La ecuación 2026: tasas, fiscal y el ciclo de inversión en IA

El motor principal del rebote, si ocurre hacia mediados de 2026, es una combinación de demanda y oferta. Del lado de la demanda, Roubini menciona más relajación monetaria; un impulso fiscal que aún no se agota (incluyendo que recortes de gasto ya legislados se implementarían después de las elecciones de medio término de 2026); y el soporte de balances de hogares y empresas. A esto suma condiciones financieras favorables: valuaciones elevadas, rendimientos bajos y spreads de crédito comprimidos, además de un dólar más débil. 

Del lado de la oferta, el texto introduce un argumento central para 2026: la productividad. Roubini plantea que el efecto inflacionario de aranceles podría ser transitorio (“base effects” que se diluyen) y que, en paralelo, las ganancias de productividad impulsadas por nuevas tecnologías —con la IA en primer plano— podrían bajar costos y mejorar eficiencias, ayudando a que la inflación “toque techo” y luego descienda. 

Ese punto dialoga con un debate más amplio: si la inversión en infraestructura y aplicaciones de IA es un ciclo comparable al de internet y la computación en la nube, o si enfrenta riesgo de burbuja. Roubini incluye esa tensión en su segundo escenario: una corrección fuerte de acciones podría enfriar el gasto de capital (capex) asociado a IA, con impacto en crecimiento y empleo. 

Riesgos: rezagos de la política comercial y una “economía en K”

El texto incorpora un concepto que funciona como alerta social y también como variable macro: la posibilidad de una “economía en K”, donde los hogares de mayores ingresos sostienen consumo y patrimonio, mientras los de menores ingresos enfrentan mayor fragilidad. Para Roubini, si la inflación derivada de aranceles se filtrara a precios y salarios reales, esa divergencia podría ampliarse y debilitar la demanda agregada. 

En ese caso, aun una recesión corta no quedaría descartada. Sin embargo, el autor sostiene que la respuesta de política económica podría ser rápida: recortes de tasas más agresivos y/o estímulo fiscal adicional para apuntalar la recuperación. La lógica es conocida: si el costo del enfriamiento amenaza el empleo, la tolerancia política a sostener una tasa restrictiva se reduce. 

En el escenario de “no aterrizaje”, el canal es distinto: la economía se muestra más resistente de lo previsto, en parte por un ajuste de la oferta laboral. Roubini menciona que una desaceleración en contrataciones podría explicarse por menor oferta de trabajo, asociada a un endurecimiento migratorio, combinada con ganancias tempranas de productividad por adopción tecnológica. El resultado sería crecimiento con mercados de trabajo y de bienes más ajustados, empujando salarios y manteniendo inflación por encima del objetivo. 

El cuadro se completa con riesgos geopolíticos: un deterioro de la relación comercial con China o un shock de petróleo por un conflicto nuevo podría empujar la economía hacia la variante recesiva. Roubini señala que esos shocks “han sido contenidos” hasta ahora, pero los incorpora como condicionantes de probabilidad, más que como pronóstico puntual. 

Qué deja el diagnóstico para el resto del mundo

El cierre del análisis extiende la mirada a la economía global. Si Estados Unidos recupera tracción en 2026 y China sostiene un crecimiento cercano a 5%, el panorama internacional mejoraría respecto de 2025, tanto para economías avanzadas como para emergentes. El optimismo, en su marco, no es pleno: convive con riesgos de cola, pero habilita una expectativa de mayor estabilidad macro relativa. 

Para América Latina, el enfoque sugiere una conclusión práctica: el ciclo externo de 2026 dependerá menos de “un evento” y más de la interacción entre política comercial estadounidense, trayectoria de la inflación (y por lo tanto de tasas) y continuidad del ciclo de inversión tecnológica. En esa triada, el dólar —mencionado como potencialmente más débil en el caso base— vuelve a ser una variable de transmisión, tanto por condiciones financieras como por precios de commodities y flujos hacia emergentes. 

Bajo la óptica de Roubini, 2026 no aparece como un año de ruptura, sino como una disputa entre tres futuros cercanos. El mensaje de fondo es que el “aterrizaje” no depende solo de macro tradicional: está atravesado por instituciones (la Fed), política (aranceles, migración, elecciones) y tecnología (productividad e inversión en IA). 

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