En esta columna afirmamos hace ya tiempo que después de la elección de 2024 ocurrió en México un golpe de Estado. Circula ahora un libro colectivo, publicado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, y coordinado por María Marván, Jesús Orozco y Diego Valadés, titulado La inconstitucionalidad de la sobrerrepresentación excesiva en el Congreso de la Unión que lo confirma.
Es probable que varios de los autores no coincidan con la calificación de golpe de Estado, pero eso fue: la obtención ilegal del poder. Sin embargo, la consecuencia lógica es que ninguna de las decisiones del Congreso actual tiene validez legal, empezando por la destrucción del Poder Judicial. Desde septiembre de 2024 vivimos en una ilusión jurídica que será, tarde o temprano, una fuente de debilidad.
Por otra parte, hemos insistido aquí en las características del movimiento político que está en el poder: excluyente, indisciplinado, voraz e incompetente. La exclusión es tal, que Sheinbaum quiere hacer una reforma electoral sin considerar siquiera a sus aliados. Pero la indisciplina responde: el PT y el Verde no sólo no la aceptan, sino que tampoco acatan instrucciones acerca de las candidaturas para 2027. Al interior mismo de Morena, los grupos se organizan, pero no para seguir instrucciones, sino para imponerlas. Adán Augusto dirá que habla a nombre de su hermano; Alcalde, que lo hace a nombre de la presidenta; el Verde, subordinado a El Pollo en San Luis, y al Niño en lo general; el PT, en la movilización permanente.
Ni siquiera son capaces de remover funcionarios de bajo nivel, como el presidente del CIDE o el director de Materiales Educativos. Mucho menos pudieron impedir la publicación de un libro en el que Julio Scherer toma venganza de Gertz, Bartlett y Jesús Ramírez, evidenciando no sólo la indisciplina, sino la voracidad. Si bien Scherer no critica a López Obrador de forma directa, la simple descripción confirma lo que desde hace 20 años he comentado con usted: un total incompetente, salvo en su carácter de iluminado, de pastor. Por lo mismo, autoritario.
No hay manera de gobernar excluyendo a más de la mitad de los mexicanos sin tener una línea clara de mando, en la corrupción rampante, y sin idea de la gestión pública. En el sexenio pasado, la única disciplina era con el mesías, que pasaba de una ocurrencia a otra, y que concentró la segunda mitad de su mandato en asegurarse el triunfo. Ahora ni siquiera hay eso.
El triunfo de Morena en 2018 fue producto de la migración de los grupos corporativos originarios del PRI, algunos temporalmente perredistas. Su permanencia depende del reparto de poder y dinero, pero eso exige inclusión y disciplina, que no hay, y recursos, que se han terminado. El saqueo no tiene orden, y cada grupo pelea por una parte de ese botín cada vez más escaso. Por eso ve usted movilizaciones cada vez más frecuentes, cada vez más violentas, que durante el sexenio anterior prácticamente no ocurrían.
Se está pudriendo, pues. Tenemos ya un país fracturado, con regiones gobernadas por el crimen organizado (que tiene gobernadores y alcaldes), con grupos extrayendo rentas, y un gobierno nacional sin fuerza, dinero, ideas, o capacidad. No hay, además, una estructura institucional que pueda sostener, la dinamitaron con el golpe de Estado.
Poco a poco, se hace evidente la realidad. Ya apenas un puñado de ilusos, otro de “leales” pagados, y los negativos de siempre intentan negarla. En el día a día, las becas y pensiones ya perdieron su encanto (y su poder de compra); los grandes aumentos salariales ya se transformaron en liquidaciones; las promesas fueron aplastadas por los elefantes blancos.
Se acabó la ilusión y no construyeron. El derrumbe es inevitable. No tenemos quién recoja los pedazos.

