Durante las fechas de abrazos y regalos, tuve noticias de un amigo, director de la editorial que publica mis libros, quien me envió una postal con los Siete Dioses de la Buena Fortuna (Shichifukujin), grupo que, remando en su barca celestial, nos visita cada Año Nuevo para traernos prosperidad y alegría. Es un conjunto constituido por deidades de diferentes países y religiones, tan querido en Japón que incluso aparece en la adaptación al anime del manga Record of Ragnarok, el cual, por cierto, les recomiendo.
Inspirado por la referencia y queriéndole responder en un tono similar, fui por los versos de Tsui Ming T’ong, un poeta de la dinastía Tang:
Un año más, un año más
Y cada uno tiene su primavera.
En cien años, apenas
Si se ve un solo hombre de cien años.
¿Cuántas veces aún nos será dado
Embriagarnos así en medio de las flores?
Aunque su peso en oro nos costara este vino
Aun así, ¡qué barato sería!
En la traducción canónica de Marcela de Juan, sobre la que adapté la versión anterior, no hay más indicios acerca del autor ni del poema, así que me puse a buscar en Internet. La forma en que escribimos los nombres chinos en español no ayuda mucho a encontrar un original, así que estuve buscando un buen rato en sitios de los gobiernos de China y Japón, para quienes la poesía y las artes son asunto de Estado. Al final lo encontré, junto con otras traducciones que divergían respecto a la más conocida en español, en especial la última parte, de la que se desprende una centenaria lección de educación financiera.
En efecto, según una agencia japonesa, las dos últimas líneas dicen: “Compré alcohol por diez mil monedas / no hables de no tener dinero o de ser pobre”. Todavía, en una tercera interpretación, la traducción propuesta es: “Diez mil personas que beben y renuncian a la pobreza”. ¿Qué tienen qué ver estas versiones entre sí? Desde la primera es muy claro el mensaje, como mexicanos estamos bien acostumbrados a esta forma de pensar, porque cuando se trata de celebrar eventos muy especiales, “el dinero es lo de menos”. Todavía en la segunda traducción algo así parece; cuando se trata de agasajar a los amigos y parientes la carencia se excusa, entregamos hasta lo que no tenemos con tal de quedar bien y demostrar nuestro cariño. Pero ¿qué hay de aquello de “renunciar a la pobreza”?
Desde el punto de vista de las finanzas personales, es una terrible idea quemarse la quincena en una fiesta, pero es igualmente empobrecedor no poder distinguir cuándo el momento lo amerita o pensar que todo gasto es una pérdida. Ahí está la verdadera educación financiera: no en confundir el ahorro con el miedo, ni el gasto con la abundancia, sino en valorar lo que no tiene precio. A veces, cuando lo caro nos sale barato, no desgastamos el dinero, sino que alcanzamos, por un momento, un nuevo estado de las cosas, una nueva realidad: renunciamos a la pobreza. En cambio, por mínima que sea la cantidad, cuando tiramos el dinero entonces sí es un despilfarro, una catástrofe financiera de repercusión espiritual. Hay un tiempo para todo y cada año tiene su primavera.
Les deseo un 2026 lleno de buena fortuna y que vivamos cien años.


