Walt Disney no solo fue un dibujante: fue un visionario que cambió la forma en que el mundo aprende a soñar. Nacido en 1901, convirtió una infancia sencilla en la fuente de historias que darían alegría a millones. Tras varios tropiezos fundó en 1923 los estudios Disney y apostó por la animación como un arte capaz de conmover. De esa fe nació en 1928 Mickey Mouse, un ratón optimista que se volvió símbolo de esperanza en tiempos de crisis. Mickey fue querido porque representaba la personalidad de su creador: alguien que creía en la bondad, en el esfuerzo y en que la imaginación podía vencer cualquier dificultad.
Su carrera estuvo llena de logros históricos. Con Blancanieves y los siete enanitos demostró que una película animada podía hacer reír y llorar como cualquier gran producción, y después llegaron clásicos como Pinocho, Bambi, La Cenicienta y Peter Pan. Disney cuidaba cada detalle artístico y técnico, lo que lo llevó a recibir un reconocimiento sin precedentes: ganó 22 premios Óscar y 59 nominaciones, un récord que ningún otro creador ha igualado. La Academia incluso le otorgó estatuillas especiales por la creación de Mickey y por su aporte a la cultura, confirmando que su trabajo no era solo entretenimiento, sino auténtico patrimonio artístico de la humanidad.
Su sueño también se hizo realidad fuera del cine. En 1955 inauguró Disneyland y años después Walt Disney World, parques donde las personas podían caminar dentro de los cuentos, abrazar a sus personajes y sentir que la magia existía. Allí conviven Mickey, el Pato Donald, Goofy, Simba, Elsa y decenas de héroes que han acompañado la vida de distintas generaciones. Más de medio siglo después de su partida, su legado sigue intacto porque enseñó algo universal: que los sueños se construyen con creatividad, trabajo y corazón. Por eso su nombre continúa siendo sinónimo de ilusión, sus parques siguen llenos y Mickey Mouse permanece como el rostro más querido de la imaginación mundial.


