En la Argentina la oferta de dólares estuvo siempre ligada a la perfomance del agro. De hecho, las dos últimas sequías provocaran crisis externas. En 2018 la combinación de una temporada extremadamente seca con la salida de capitales que provocó suba de la tasa en EE.UU. derivó en el pedido de ayuda de Mauricio Macri al FMI. Entre 2022 y 2023, Sergio Massa lidió con la pérdida de cultivos del campo más poderosa en décadas, y el resultado fue un cepo total a la salida de dólares, del que todavía nos estamos recuperando.
Por fortuna, las expectativas nuestras “fábricas de dólares” para el 2026 son positivas. Los precios internacionales no ayudan tanto, porque como mencionamos, algunos cultivos tienen sobreoferta. El trigo argentino por suerte encontró nuevos mercados alternativos a Brasil, como Indonesia y Vietnam, sin olvidar que sobre finales de 2025 se concretó el primer embarque a China.
El gigante asiático logró otro milagro: en su pelea con Estados Unidos, decidió concentrar sus compras de soja en Sudamérica, factor que dinamizó las exportaciones promete sumar dólares extras al superávit comercial. Bajo este efecto, el especialista Marcelo Elizondo estima que las ventas externas del año que concluyó pueden ser las segundas más altas en la historia.
Aunque fue una decisión que no pudo evitar la polémica, la baja de retenciones a los principales cultivos tuvo un impacto positivo en los productores, ya que elevó su rentabilidad entre u$s 38 y u$s 76 por hectárea según la zona en cuestión, de acuerdo a un estudio de la Fundación Mediterránea. Está claro que para muchos la carga todavía es alta y en algunos casos la reducción no evita que su negocio se haya vuelto inviable.
Pero productores con costos más acotados ya han volcado inversión para incrementar la cosecha 2025/2026. Para tener noción de lo que puede representar estas decisiones, la Bolsa de Comercio de Córdoba estima que, pese a la menor siembra esperada de soja, la campaña alcance un récord total de 140 millones de toneladas.
El dato que se suma a este contexto es que el campo dejó de ser el motor excluyente del mercado cambiario. La producción de petróleo y gas, así como la exportación de combustible, siguen batiendo sus propias marcas gracias a Vaca Muerta. En el primer caso, la extracción de shale oil (el petróleo no convencional) anotó en octubre una suba de 22% anual. Las ventas externas de este sector prometen cerrar el año en torno a los u$s 10.000 millones, y promediar los u$s 13.000 en 2026, un valor que para los optimistas puede actuar como piso.
La minería está en pleno despegue y aunque falta para que alcance volumen, las transacciones de los grandes operadores globales y los anuncios de inversión no se han detenido. El Gobierno incluso está decidido a prorrogar el RIGI para que este sector tenga margen de asimilar nuevos proyectos si finalmente el Congreso avala cambios en la ley de Glaciares y le da a las provincias la potestad de determinar en qué zonas se puede flexibilizar la explotación.
¿Alcanzará este panorama para crear una oferta de dólares compatible con las reservas que quiere sumar el BCRA? Todo indica que, por lo menos, habrá más dólares comerciales que en 2025


